Una de piratas o la increíble historia de William Walker

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Cuando éramos chicos teníamos un sistema de clasificación de películas un tanto primitivo pero eficaz para nuestras necesidades comunicativas. Había películas de tiros, de amor, de piratas y no mucho más. La historia que hoy traemos a este espacio es precisamente eso, una de piratas, si nos asomamos a ella, veremos a su protagonista, alto, enjuto y con fríos ojos grises dar órdenes a un grupo de marineros. Más precisamente de filibusteros del Caribe que como mano de obra desocupada se ofrecían sin muchas pretensiones a quien planeara una aventura.

La historia de este personaje William Walker, el filibustero, necesita encuadrarse en un marco histórico que le dé sentido. Walker había nacido en 1824 en Tennessee. Algunos meses antes, en diciembre de 1823, durante la presidencia de Monroe se lee una declaración que puede resumirse en la expresión “América para los americanos”.

Por una parte se pretendía poner coto a las pretensiones imperiales de Europa sobre el territorio americano y por otro de un modo implícito, los Estados Unidos se atribuían una suerte de liderazgo indiscutible sobre el resto de América. Esta afirmación no fue bien recibida por el resto de los países de América que acababan en una amplia mayoría de poner fin a la larga guerra de emancipación.

Con este contundente enunciado se ponía sobre el tablero otro de los elementos que “legitimaban” el expansionismo de Estados Unidos que en pocos años pasó de ser una franja de territorio en el litoral oriental de América del Norte, con sus 13 colonias a ir ocupando sin pausa y en poco tiempo todo el territorio que la separaba del Pacífico.

Los métodos fueron variados, ocupación, compra, invasión armada, siempre con el resultado de convertirse en una nación con enorme territorio. Estimulaba a los inmigrantes que llegaban con la idea de vivir mejor o directamente enriquecerse a emprender largas travesías hacia el Oeste. Pero esta es otra historia de la que sólo quisiera destacar que ese plan significó un verdadero genocidio para los aborígenes de la región. Justificaba este propósito imperial la invocación de un  Destino Manifiesto, según el cual Dios le había asignado a los Estados Unidos esa misión “civilizadora”.

Esa convicción, no fue bien vista por el resto de los países, sobre todo los que provenían de las antiguas colonias españolas y que en absoluta mayoría profesaban el catolicismo. Pero habría de pasar algún tiempo hasta que advirtieran las consecuencias de esa creencia convertida en motor de un expansionismo sin límites.

Dentro de este estado de cosas debemos entender la ocupación de Texas y como veremos las acciones de este personaje megalómano y ambicioso al que dedicamos hoy estas líneas, me refiero a William Walker, quien luego de una fracasada aventura de fundar una república independiente en el estado mexicano de Sonora dirigió sus acciones a apoderarse de Nicaragua, nación centroamericana que vivía por entonces una Guerra Civil, convocado por uno de los bandos, el llamado democrático, armó un grupo armado constituido por mercenarios, antiguos filibusteros del Caribe ,a la sazón mano de obra desocupada y con ellos desembarcó en Nicaragua en el año 1855.

Los hechos ocurridos en un período brevísimo en términos históricos, unos dos años, lo llevaron entre otras cosas a convertirse en presidente de Nicaragua con elecciones fraudulentas, participar en innumerables enfrentamientos, incendiar hasta su destrucción total ciudades históricas como Granada, y cosechar el odio de una población que vio incrementados sus males con la llegada de estos aventureros.

Entre los efectos no buscados pero históricamente relevantes podemos considerar la reacción unánime de las otras naciones centroamericanas, en primera instancia Costa Rica quien derrota al invasor en una batalla llamada de “la Hacienda de Santa Rosa” el 20 de Marzo de 1856 (esto es hace 161 años). A partir de esa derrota y otras posteriores comienza el principio del fin de esta desafortunada invasión, sin embargo pasará algún tiempo antes de que Walker se rinda definitivamente en mayo de 1857.

Algunas aclaraciones pertinentes. En primer lugar destacar que si bien este aventurero no contó con el apoyo explícito de su gobierno, contó con las simpatías de un importante sector de la población que veía en su accionar la realización de ese llamémosle, mandato divino que consideraba a Estados Unidos como una nación predestinada a dominar al resto del mundo. Tuvo apoyo periodístico, y hasta se representó un drama titulado “Nicaragua o las victorias del General Walker”. Recibió armas y provisiones que eran traídos desde el Pacifico en embarcaciones que recorrían ríos y lagos del interior de Nicaragua; cuando vuelve a su país es recibido como un héroe y al ser juzgado es tratado con suma benevolencia.

Walker trasmitía a sus compatriotas la idea de que Nicaragua y América Central era el lugar ideal para reimplantar la esclavitud, la cual había sido abolida, por lo menos legalmente, hacía ya muchos años, ese discurso le traía el apoyo de los Estados esclavistas de Estados Unidos. Tal vez por todo esto, este aventurero obcecado e inescrupuloso, intentó reeditar su expedición, por lo menos dos veces y con tal mala fortuna para él que terminó sus días frente a un pelotón de fusilamiento el 12 de Septiembre de 1860 en Trujillo, Honduras. Para entonces comenzaba en Estados Unidos la larga y cruenta guerra civil, conocida como Guerra de Secesión, por todo esto las andanzas de este lamentable filibustero pasaron a ocupar las páginas menores de la historia.

Sin embargo, para el resto de América su presencia y sus acciones dejaron algunas consecuencias interesantes. Los cinco países que habían conformado la Confederación Centroamericana durante unos diez años (desmembrada luego de la caída de Morazán), volvieron a unirse para defender “su soberanía e independencia” como manifestaron explícitamente y nació claramente el propósito de oponerse a la política del Destino Manifiesto que parecía avanzar sin obstáculos hasta ese momento.

Centro América y el resto de la América (a partir de entonces llamada Latina) comenzó a  afirmar su identidad. A propósito de estas afirmaciones remito a dos textos publicados en París en 1856, uno del pensador chileno Francisco Bilbao, donde usa por primera vez la expresión América Latina y otro un poema del poeta colombiano José María Torres Caicedo.

La historia interminable de los Estados Unidos por someter a las díscolas naciones del resto de América está plena de episodios más o menos graves, sus gobernantes han tropezado una y otra vez con la misma piedra. Actualmente resulta sorprendente ver cómo el nuevo presidente (que se dice admirador del presidente U. Jacqson, uno de los responsables del genocidio que se llevó cabo en perjuicio de los pueblos aborígenes de  Estados Unidos) despliega recursos y palabras inaceptables para someter a México, su vecina continental. Pero se me ocurre que no va tener suerte en estas cuestiones, porque Estados Unidos más allá de sus gobernantes tiene en buena parte de su población una reserva verdaderamente democrática que está viva y alerta ante estas arremetidas del lado oscuro de la Humanidad.

“Hasta donde está averiguado, la expresión “América Latina” se inventó en 1856 para ser lanzada en son de reivindicación identitaria y de manifiesto político. Surgió con motivo de la invasión de Nicaragua por los mercenarios de William Walker, y como protesta contra la misma y también contra la potencia que, bajo ese disfraz, trataba de llevar a cabo su gran designio expansionista a expensas del Sur, después de haberlo logrado hacia el Oeste a expensas de México”, Paul Estrade (1994, historiador francés especializado en América Latina).

Elsa Robin

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