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En la puja de soberbias, el pueblo siempre en el medio
Veintidós días, tres discursos presidenciales y una crisis institucional nunca vista a apenas cien días de asumir su mandato un gobierno constitucional, hemos vivido los argentinos en este pasado mes de marzo, mes trágico para las instituciones si a la historia contemporánea nos remitimos. Una defensa acérrima del bolsillo, del trabajo y la producción nunca vista produjo una reacción poco feliz por parte de un gobierno que al sentirse presionado o tocado, desplegó toda su mejor artillería histórica, como es la de sacar el pueblo a la calle, fundamentalmente los sectores más protegidos que ven en el peligrar de la continuidad del gobierno, su propio peligro. Sumado a esto, una verborragia insultante, provocativa y poco feliz si se tiene en cuenta que una gran mayoría de los intereses tocados son también de sectores de la producción que lejos están de ser terratenientes o grandes productores, sino que sólo se trata de campesinos que ven en el producto del momento, la soja, el negocio justo como para poder salir de las deudas de las crisis pasadas que aún no pudieron superar y una demostración de fuerzas poco común que hacía recordar aquel golpe fallido de Semana Santa que también el pueblo supo parar, con la gran diferencia que el enemigo era otro, el de siempre por aquel entonces, ese que hoy podemos decir que fue totalmente aniquilado y sacado de la escena política nacional, por más que algunos trasnochados traten de reivindicar y otros torpes, traten de recordar a manera de amenaza. Una división de un pueblo que asiste atónito a esta medición de fuerzas, limitándose algunos tan sólo a manifestarse a favor de un sector con inofensivas cacerolas que alguna vez no lo fueron tanto, ya que lograron traspasar la debilidad de un gobierno que no pudo superar ni su embate ni el de la oposición organizada de entonces nucleada en un partido que no sólo sabe cómo perpetuarse en el poder, disimulando errores y falencias, sino sabe unirse como corresponde al momento de hacer oposición, se produjo en estos días y sus coletazos aún perduran por más que queden atrás los cortes y los piquetes, esta vez, con olor a bosta de vaca y pastizal. En medio de todo esto, quedó un gran herido, el pueblo consumidor, aquel que todos los días va a la feria, al supermercado o simplemente al almacén o la carnicería del barrio para abastecerse de alimentos que permitan su mantenimiento y el crecimiento de sus hijos. En medio de todo esto quedaron las doñas Rosa que día a día tienen que defender el ingreso familiar a capa y espada para llenar las bocas de toda la familia los treinta días del mes y los don Julián que día a día concurren a las fábricas, a los bancos, a los talleres o a cualquier lugar digno donde puedan -precisamente- dignificar su existencia y su labor con un sueldo acorde a las necesidades de esta canasta familiar de la cual muchos se llenan la boca hablando pero pocos son los que hacen algo para que no se agrande en tamaño y achique en contenido. Una lucha casi podríamos decir “sin cuartel” de casi un mes, una medición política de fuerzas y una puja de soberbias de casi un mes de duración nos ha dejado a los argentinos, los comunes, los de todos los días, los que no salimos en los diarios ni por bien ni por mal, los que consumimos lo que podemos y lo que hay, una secuela que mucho va a costar borrar y, por consecuencia, superar. Por muchas semanas y hasta tal vez meses, si todo esto se supera como esperamos todos y cada uno de los argentinos, nos tocarán ver las góndolas de los supermercados, las estanterías de las almacenes de barrio, desabastecidas y empobrecidas y, lo que es peor, nuestros propios bolsillos achicados para enfrentar semejante aumento de precios para algunos fáciles de justificar, y para muchos muy difíciles de sufrir y superar. Finalmente, sólo cabe preguntarnos todos quienes protagonizamos este marzo, ¿Cuánto más fácil y por sobre todo, cuánto más barato nos hubiera resultado apelar, el que fuera, a ese tan mentado y tan pregonado pero pocas veces experimentado diálogo?
A. Z. |